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De Un guiño, un cómplice, un deseo
I
Definitivamente
parece confirmarse que el invierno
que viene,será duro.
Jaime Gil de Biedma
Quizás sólo nos falte
ser algo menos jóvenes.
Luis García Montero
De tu primera imagen
conservo la sonrisa, el nerviosismo
y una aburrida clase de francés.
Porque fueron los días primeros del otoño,
con humo en los pasillos
y sin prisas todavía por vernos.
Después llegó la cita, la primera.
Y la primera vez que te fallaba,
y las primeras gotas de un café derramado
sobre el foso común del sentimiento.
Granada tenía entonces
esa complicidad de Celestina,
una arrogante forma de mirarme
casi al pie de la Alhambra,
Paseo de los Tristes,
tras ponerte mi abrigo y a conciencia.
Como también después del primer beso
nos quedó cierto extraño
sabor de irrealidad,
y mojaste los labios en mi copa,
entera, desprendida.
Recorriendo las calles cansadas por los años
hicimos nuestro pacto con la historia,
enfrentando el viaje con maletas
de náufrago, vacías, esperando
llenarlas lentamente de la vida
que pasará sin duda por mis versos.
Supongo que después de algunos años,
cuando seamos algo menos jóvenes
y el invierno que venga sea duro,
podremos seguir juntos
las huellas de unos días
contados desde ahora,
la resaca de tardes de añil promiscuidad,
una vez aprobada
la última evaluación de estas páginas
escritas con mayúsculas
y letras góticas
y aún por terminar…
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El ángel azul
Me gustas cuando escribes
y estás como presente,
y se te frunce el ceño
intentando encontrar las palabras precisas
que canten mi belleza en un papel.
Te observo.
Apoyada desnuda en el balcón abierto
espero a que se sequen
las uñas de mis manos mientras tú
arrugas con violencia un nuevo folio,
y gritas o te quejas de la falta
de silencio, la fase más preciada
de tu concentración.
Pasemos al abrazo,
parece que suplican
tus ojos en mis ojos
cuando en la radio suena
la voz de un ángel muerto,
caído desde el cielo de Berlín.
Pasemos al abrazo, repites enfadado
mientras me hago la tonta
y te leo estos versos
que firmas con tu nombre para mí.
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Interiores
Interior. Día. Lluvia golpeando
de forma intermitente los cristales
de una clase de 5º curso. Colegio público.
Unos rayos de sol entran por la ventana.
El maestro, muy viejo, observa distraído
los sueños que produce un arco iris.
Tres colores –violeta, amarillo y rojo-
destellan en las gafas del maestro.
Niño (nervioso): Tajo, Guadalquivir, Segura...
Zoom. Foto fija. Dos lágrimas borran
la imagen tricolor de algún recuerdo.
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Martes de carnaval
Es martes por la noche. En la plaza de Oriente
la muchedumbre baila. Y baila el presidente
disfrazado de pueblo, y ríe el comandante,
y el empresario cede su puesto al traficante
de sueños imposibles, cuando algún desalmado
recita aquellos versos de amada con amado
y el cura lo festeja blasfemando en francés.
Hoy todos olvidamos que el mundo está al revés.
Es martes por la noche. Termina el carnaval.
Se van formando grupos frente a la catedral
para beber la sangre consagrada del hijo
mayor del carpintero, que tiene un crucifijo
tallado por el padre en su culo pequeño
de niñito Jesús. Rescatada de un sueño
una vieja preñada con mirada de muerta
hacia a mi se aproxima. Con su gran boca abierta
-donde florece un diente, podrido testimonio
de su antigua hermosura- me pide en matrimonio.
Una mano arrugada se posa en mi barriga
y no puedo evitar que mi débil vejiga
provoque un gran diluvio en las rojas enaguas
de la vieja, quien gime, se cree que ha roto aguas
y se muere en mis brazos. De su oreja derecha
nace un niño eructando. Se extiende la sospecha
de que ha vuelto a la vida Gargantúa el Gigante,
con cien kilos de peso y la pose elegante
de los grandes señores. El pueblo se alborota.
Todos quieren tocar al nuevo compatriota,
y un obispo avispado se encarga del bautizo
con cervezas y vinos y ristras de chorizo
que Gargantúa devora con la ferocidad
de algunos animales en su primera edad.
La fiesta se engrandece. Renacen los insultos
alegres y grotescos, ordinarios y cultos
que recuerdan un tiempo de risas, de canciones
y amores consentidos de reyes con bufones.
Una monja novicia, disfrazada de fruta
del edén, de mi brazo se cuelga y resoluta,
me conduce a la Peña de los Enamorados.
Suplica que la pele. Yo le doy tres bocados
y su joven sonrisa indecente me advierte
que es hora de dejaros. Seguid bailando. Suerte.
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Paredes blancas con salamanquesas tristes
Mis queridas salamanquesas:
este martes de un julio tan corriente
como pocos, un martes que me vale
por miércoles o sábado,
y ver cómo te alejas sin volver la cara,
orgullosa y celeste
de apagar un concierto
para siempre,
queridos animales,
igual que se confirman de golpe las sospechas
lo único cierto es que no sé
qué siento por vosotras,
pues aún siendo verdad
que os tengo aprecio,
a veces me causáis
miedos y sobresaltos
que estaban reservados
al rito de saberte inalcanzable;
y aunque es verdad que hay noches
por las que os debiera moderada
compañía, si veo en tu pupila
fosforescente y vértigo
algún resto de amor o desafío,
me enfado con vosotras,
me torno aborrecible,
y me pongo a romper fotografías
o a lanzar vasos de agua a las paredes,
de lo cual me arrepiento siempre siempre
al cabo de un momento,
y os busco inútilmente
para que me perdones,
y dejéis de mirarme
tan tristes y asombradas,
y no escapes de mi,
ni tratéis de esconderos,
como las cucarachas gonzalianas
se esconden del que llega
borracho y a deshoras.
Estimadas amigas,
querida compañera que no estás,
quizás no me entendáis pero hoy
tenía que deciros
que te quiero. |